La aparición del maquinismo levantó mucha resistencia
y vigorosas revueltas en la Península, a pesar de que los libros no hablan mucho de
ellas, y que la tradición marxista (tan científicos ellos) lo arrincona como
anécdotas “lumpen” y en el caso catalán “lumpen carlista” o sea “lumpen
reaccionarios”.
Pero el rechazo a la máquina y a la fábrica es
suficientemente transversal y vivencial para encorsetarlo en las divisiones
políticas de aquella época (y de la nuestra). Si se le quiere dar un contenido
ideológico a la atribución del origen de las destrucciones es muy difícil
establecer los límites, pero si el contenido es vivencial la cosa se simplifica
totalmente.
El hecho de que los autores sean “lumpen”, marineros y
gitanos, agentes carlistas, trabucaires o hiladores en activo que ven peligrar
sus puestos de trabajo, pierde toda importancia, es la resistencia de aquellos
que se ven condenados a la pena de fábrica (cadena perpetua para ellos y sus
descendientes). La importancia del paraguas ideológico (real o inventado por los
represores) es totalmente relativa e instrumental.
El rechazo de la fábrica, del reloj y de la máquina
(que solo es otro instrumento para imponer la fábrica) unifica todas estas
revueltas y hace a todos estos actores mucho más lúcidos que nosotros, sus
tecnoacomodados descendientes. Sin duda supieron identificar claramente quien
era el adversario principal, cuales eran los peligros y cuales eran los riesgos
que corrían. Mucho más aún, supieron pasar a la acción, a pesar de la
oposición, a veces armada, de los trabajadores fabriles organizados, de los
progresistas de la época y de los próceres del obrerismo, finalmente perdieron
la batalla y, ni tan solo, han pasado al panteón de la mitología obrera
ilustre... ni falta que les hace!!, no se resignaron a la condición de piezas
de la megamáquina, tampoco querrían ser las molduras embellecedoras para
adornar un sistema que rechazaban y que estamos viviendo en una versión cada
vez más perfeccionada.
La primera ola luddita en Alcoy y Camprodón.
Igual que pasó en Inglaterra, en Francia o en el
centro de Europa a medida que avanzaba la revolución industrial, aparecieron los mismos o parecidos episodios que en Europa, oposición violenta y de
resistencia activa a la máquina y, sobretodo, a la fábrica.
Lógicamente esta resistencia se manifestó más tarde
que en Inglaterra, donde se inició la implantación del maquinismo, a finales
del XVIII y principios del XX. Si hacemos la media del retardo de implantación
tecnológica respecto a Inglaterra de la hiladora Jenny, la máquina de cardar,
la waterframe, la mule Jenny, el telar mecánico y la selfactina (21, 18, 24, 25
y 17 años respectivamente), nos da 22 años de retardo medio en la mecanización
entre la Península e Inglaterra. Es curiosos constatar (puede parecer numerología
un poco kabalística, pero en fin… que le vamos
a hacer) que 1800, un momento de esplendor luddita en el Reino Unido,
más 22 años nos da 1822 una coincidencia con la destrucción de fábricas en
Alcoy y de máquinas en Camprodón.
Alcoy era un importante centro de tejido de paños
de lana y de fabricación de papel. La
mayor parte de los procesos, hasta la aparición de las máquinas, se
hacían mediante trabajo domiciliario, mucho de el en localidades de los
alrededores y constituían un complemento económico para las familias
campesinas. Este complemento fue ganando peso y, a principios del siglo XIX,
era en muchos casos el ingreso principal. Así según los escritos del “sabio
geógrafo Cabanilles”, el trabajo para las fábricas alcoyanas suponía 12.000
reales de vellón semanales para Concentaina y 6.000 para Benilloba, osea entre
700.000 y 800.000 reales anuales. Para hacernos una idea de lo que suponía esta
cifra, según actas notariales de entre 1820 y 1823, en Alcoy el arrendamiento
de 14 molinos/fábricas de hilar y cardar costaba 94.750 reales, o que para
constituir la Cia. Bonaplata en Barcelona, fue necesario un capital de
1.600.000 reales. 14 años más tarde.
Alcoy era la principal población de la zona con
más de 18.000 habitantes contra 4.500 de Concentaina, 1.200 de Benilloba y
2.500 de Muro
Los diferentes estamentos, empresariales y
preempresariales, del sector textil estaban coordinados por la “Real Fábrica de
Paños de Alcoy”, esta entidad ya hizo ensayos de maquinización en una época tan
temprana como 1791, pero no fue hasta 1818 en que se adquirieron en Bilbao un
conjunto de máquinas para cardar e hilar. A partir de esta fecha la
mecanización fue explosiva, en poco menos de 5 años se instalaron más de 30 y
se construyeron en las riberas de los ríos Serpis, Barxell y Molinar 14 fábricas/molino
de paños ya mecanizadas.
Del dinamismo de los emprendedores empresarios
alcoyanos da fe su precoz tendencia a la organización. Se asociaron desde muy
temprano (hay constancia escrita en 1561). En el siglo XVIII se establece la
“Bolla”, organismo que velaba entre otras cosas para garantizar la calidad de
la producción, en 1800 se transformó en “Real Fábrica” (con exención del
servicio militar para sus trabajadores) y en 1829 constituyó una escuela
técnica (la escuela de al “BOLLA”) que fue una de las primeras del estado en su
género, esta escuela tenia entre otros objetivos, facilitar la introducción de
las nuevas tecnologías entre los trabajadores, formar una capa de mandos
intermedios y prevenir así los brotes anticapitalistas y antimaquinistas.
Los años 1820 y 1821 se declaró una gran sequía
que redujo las cosechas y dejó en la miseria a los pequeños agricultores y
jornaleros y encareció el coste de los alimentos. En este marco irrumpieron las
máquinas cardadoras, hiladoras, devanadoras que importaban los dinámicos
empresarios alcoyanos dejando sin trabajo (o sea más miseria y más hambre) a
una buena parte de la clase jornalera de la villa y de los pueblos vecinos.
El día 2 de marzo de 1821 una multitud de más de
1.000 personas se congregaron y atacaron las instalaciones de las afueras de
Alcoy, destruyendo totalmente 17 máquinas (no se sabe muy bien si bajo esta
definición iba incluido el conjunto de las instalaciones o solamente las
máquinas), los daños causados fueron valorados en 2 millones de reales.
Parece que el ayuntamiento había sido prevenido
de lo que se preparaba y dispuso a las compañías de la Milicia Nacional para
mantener el orden dentro de la ciudad y proteger las entradas a la población,
ya que no disponía de armas y personal suficiente para defender las fábricas de
la ribera de los ríos.
La milicia Nacional era un cuerpo armado,
promovido por el estado liberal, formado por ciudadanos “honrados” y acomodados
(sobretodo los mandos) y del que estaban generalmente excluidos la gente humilde
y la clase jornalera (excepto para ir a morir en la dura guerra contra los
carlistas).
Los insurrectos arrancaron al ayuntamiento el
compromiso de desarmar las máquinas del interior de la población. Naturalmente
ni el ayuntamiento ni los fabricantes (que también acaparaban los cargos de
alcalde, concejales y jefes de la Milicia) tenían la menor intención de cumplir
lo pactado.
El alcalde reconocía, al día siguiente, el 3 de
marzo, en un mensaje al “jefe político” (una especie de gobernador civil) que “el
ayuntamiento no puede contar ni aun con la quarta parte de este vecindario, por
estar lo restante combinado con los malvados de los indicados pueblos”. O
sea que los defensores de las máquinas estaban en minoría y solamente
prevalecían por la fuerza de las armas. Para reprimir a los insurrectos, el
alcalde requería la presencia de 200 o 300 soldados de infantería y 30 o 40 de
caballería ya que “ha de ser preciso practicar muchas prisiones, contra las
cuales han fulminado los amotinados las más terribles amenazas”.
El día 6 de marzo, 4 días después, Alcoy era
ocupado por el ejército, con más soldados de los que pedía el ayuntamiento: el
regimiento de caballería de España y un batallón de infantería del Rey en total
entre 500 y 1.000 soldados para controlar a menos de 30.000 civiles (toda la
población de Alcoy, Concentaina, Benilloba y Muro). El antimaquinismo era
fuerte en Alcoy y su comarca, sólo se los pudo contener con la fuerza de las
armas.
La ocupación militar i, posteriormente,
paramilitar (con los Voluntarios Realistas) de Alcoy se mantuvo durante los
años siguientes por miedo a las amenazas contra las máquinas, con episodios
esporádicos y fracasados de nuevas destrucciones, especialmente en julio de
1823, pero también en los años 1825,1826 y más adelante el 1844.
Bajo el paraguas de la ocupación armada se
reconstituyeron las instalaciones dañadas y se crearon de nuevas. En 1829 el
número de molinos/fábrica subió a 22 (un incremento del 16% en sólo 6 años), al
mismo tiempo se iban introduciendo nuevas máquinas.
Un ejemplo del dinamismo del sector textil fue el
de las hilaturas.
En 1770 James Hargreaves patentó una máquina que
permitía a la hilandera trabajar con 16 husos a la vez en lugar de uno sólo,
significativamente se le llamó Jenny, nombre de chica ya que de chica era el
trabajo que ejecutaba y por tanto suplantaba el trabajo de 16 Jennys humanas.
Las primeras jenny mejoradas llegaron a Alcoy en 1929.
El siguiente paso fue una versión más mecanizada,
que se conoció como “mule jenny”, la bestia de carga/chica (significativo
verdad?), era una máquina donde la fase de torsión del hilo se había mecanizado
y permitía usar caballerías como fuente de energía. Podían mover más de 200
husos, las mule-jenny llegaron a Alcoy en 1853.
Los fabricantes alcoyanos renunciaron
expresamente a cualquier indemnización por los dos millones de pérdidas, a
cambio de un contrato por 10 años para confeccionar los uniformes del ejército…
emprendedores y listos!!.
Las destrucciones de Alcoy levantaron gran
inquietud entre las clases empresarial y política de todo el país. Así que, en
el tiempo récord de dos semanas, el día 18 de marzo, una Comisión especial de
Investigación de las Cortes emitió un dictamen donde entre otras cosas se decía
“En lo sucesivo, los que traten de introducir o establecer en cualquiera
localidad de las España alguna fábrica o artefacto útil, si recelan ser
dañificados en su propiedad, solicitarán del Gobierno político toda clase de
protección sin excluir la de fuerza armada, y se les dará inmediatamente bajo
la responsabilidad 'del jefe que fuere omiso; al paso que no se dará
indemnización alguna a los que no reclamasen esta protección”. Hay que pensar que los señores diputados vieron
la destrucción de máquinas como una amenaza real y nada hipotética, seguramente
este tipo de acciones, en escala menor, eran cosa habitual. Aquellos años hubo
sucesos parecidos en otras localidades laneras (Segovia, Ávila, Bejar...).
Bien poco se sabe de la represión que siguió a la
revuelta, sólo en 11 de agosto, un concejal (y fabricante de paños de lana) se
dirigía al ayuntamiento pidiendo más espacio para habilitar prisiones dado el
alto número de detenidos, y dinero para pagar a los alguaciles y milicianos que
los custodiaban… también solicitaba que las cárceles fuesen fumigadas para
prevenir enfermedades y contagios.
Un caso de menor entidad se produjo en la villa
de Camprodón, ya acabado el período liberal, en el inicio de la década ominosa.
La entidad de los hechos es menor pero es significativo que la acción vaya
dirigida contra un proveedor de máquinas
y piezas de recambio, exportador, contrabandista y “clonador” de máquinas
originales.
Atacar a aquellos que faciliten, venden o
fabrican las máquinas será una constante, hasta el acto central del luddismo
catalán e ibérico, la quema de la fábrica y fundición Bonaplata.
Benet Lacot era un empresario textil de Camprodón
que también mantenía un próspero negocio de máquinas y piezas. A su muerte la
actividad económica fue seguida por su viuda, Miquela Feliu.
Les debía ir muy bien los negocios, ya que su
hijo Antoni Lacot Feliu ocupaba, el año 1864, el onceavo puesto en la lista de
los 57 electores del valle de Camprodón, pagando 120 escudos de contribución
(el máximo contribuyente, el Diputado Provincial y ganadero Salvador Aulí
pagaba 402)
El año 1824 una “multitud desenfrenada” se lanzó
a desmontar hiladoras y cardadoras de las fábricas de Miquela Feliu. No se
conocen los detalles pero Miquela presentó queja en la Corte y, dada la
importancia que se daba a los hechos, consiguió que se dictase una Real Orden
contra la destrucción de máquinas con fecha del 24 de junio del mismo año donde
se daban instrucciones para la prevención y persecución del antimaquinismo.
La real Orden tiene un párrafo muy significativo
sobre el alcance que se daba a la destrucción de máquinas y a su prevención “que se
llame a presencia del Ayuntamiento las manos cesantes, sus padres, maridos y
gefes de las familias en pequeño número cada vez, y les instruya del bien que trae el uso de las máquinas,
previniéndoles que de repetirse los desórdenes serán procesados y castigados
como tumultuarios; que por medio del Prelado se exhorte a los párrocos a
predicarles lo oportuno que sea propio de su ministerio pastoral para impedir
tamaños excesos; que se encargue a los Gefes de la fuerza armada cooperen a la
protección de las fábricas y a precaver todo desorden, dándoles guardias por
alguna temporada en caso necesario”.
Alcaldes, curas, militares, maridos y cabezas de
familia, todos contra los ludditas y, muy significativamente, contra las
mujeres ludditas (de aquí el llamamiento a los padres, maridos y “gefes” de
familia). Hay un gran parecido con las ordenanzas de 1788 de la Real compañía
de Hilados de Barcelona “Que se manifestia tot lo referit a sos Pares o Personas
encarregadas, prevenintlos (...) que en tenir tres faltas en un mes (...) podrà
ser despatxada”. El problema era el mismo, oposición a la
fábrica. El absentismo y el luddismo serían las dos caras de la misma moneda,
por tanto la prevención era parecida en ambos casos.
Con la aparición del trabajo en la fábrica (y la
desaparición del trabajo a domicilio, combinado con la agricultura y otras
ocupaciones), las diferencias salariales entre hombres y mujeres se hacen más
grandes, de hecho ideológicamente el sueldo de las mujeres se consideraba
complementario para mantener la unidad familiar (aunque en la realidad era
fundamental, al igual que el trabajo de los niños) y para justificar que fuese
más bajo se usaba un mismo argumento el principio del “hombre proveedor de
pan”.
Así en una hilandería de Esparraguera, hacia la
mitad del siglo XIX en un equipo de 23 trabajadores, el único hombre adulto
acumulaba el 25% de la masa salarial y los tres trabajadores masculinos (el
adulto y dos chicos) el 34%, mientras que mujeres y niñas (20 trabajadoras, el
87% de la plantilla) sólo el 66% restante.
Sólo hay una excepción en esta división salarial
por sexos, las niñas de 10 a 14 años cobraban un 30% más que los niños de su
edad, esta ventaja desaparecía en la franja de 15 a 19 donde los chicos ganaban
ya un 10% más que las chicas. La diferencia se hacía abismal a partir de los 20
años, momento en que las mujeres cobraban la mitad que los hombres.
Estas variaciones sólo se pueden lee en clave
patriarcal, las niñas y las jóvenes están sometidas a un padre o a una madre
que es quien dispondrá al final del sueldo. En cambio las de más de 20 años,
que podían ser legalmente independientes o negociar su estatus con el marido o
los padres, veian reducidos (proporcionalmente) su sueldo y por tanto su
capacidad de independizarse o de negociar.
Como decían los curas de Bejar, refiriéndose a
las jóvenes tejedoras independizadas de la familia gracias al sueldo “viven
sin dependencia, sin corrección y sin pudor”.
A principios de los años 20 hay en Barcelona dos
acciones no estrictamente ludditas, pero también significativas y en una
dirección parecida.
Una es la quema de manufacturas de exportación en
febrero de 1821, aprovechando el alboroto, que era apoyado y seguramente
financiado por los fabricantes, unos cuantos “antisistema”, aprovecharon para
destruir algunos telares, la intervención de la Milicia acabo con los dos
motines, uno interclasista y transversal y el otro antisistema fabril.
La otra, mucho más interesante, es la revuelta
durante la fiebre amarilla que asoló la ciudad de agosto a diciembre. Durante
la emergencia provocada por la epidemia, el trato fue muy diferente según la
clase social, Barcelona fue cercada por un “cinturón sanitario”, formado
por soldados y “ciudadanos honrados” (de nuevo) armados, que bajo pena de
muerte impedían la salida de la ciudad. Cinturón que los ricos y acomodados
eludieron tranquilamente.
La chusma, sin trabajo ni dinero, recorría la
ciudad exigiendo a los ricos que quedaban dinero y alimentos y asaltaba las
casas acomodadas vacías. El hecho más llamativo fue la quema popular, en las
Ramblas, de un muñeco en representación de una clase médica inepta empantanada
en el debate entre contagionistas y anticontagionistas. El primer acto de
revuelta contra el sistema tecnomédico del que hay noticia en el país.
La rendición de Barcelona a las fuerzas francesas
de los Cien Mil Hijos de San Luis, por todos los Santos de 1823 supuso un
cambio total en la vida pública. Con la restauración del absolutismo y la
persecución de todo aquello que no era estrictamente apostólico, las
resistencias de cualquier tipo quedaron soterradas.